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domingo, 4 de mayo de 2014

Caza al amanecer

Obra: Augusto Ferrer-Dalmau

Texto: Arturo Pérez-Reverte



En la noche del 2 al 3 de noviembre de 1805, la goleta mercante española Alejandra (186 toneladas y diez cañones de 6 libras), tras largo y duro viaje de 81 días desde Veracruz, cruzando el Atlántico con carga de grana, azúcar, tabaco y palo de tinte, intenta entrar en la ría de Pontevedra aprovechando la oscuridad para burlar el bloqueo de la escuadra británica que patrulla la costa.  Retrasada por encalmadas y vientos contrarios, la primera luz del día alcanza a la embarcación aún fuera de la ría, siendo avistada por dos fragatas enemigas que de inmediato emprenden la caza. Amurada la goleta a babor y con todo el trapo arriba, mientras el enemigo dispara contra su arboladura intentando dejarla sin maniobra y detenerla, la tripulación de la Alejandra se juega el todo por el todo y fuerza la vela: la roda machetea con violencia la marejada, ciñendo a rabiar el viento nornordeste con la lona tensa al límite y crujiendo palos, gavias y jarcias, a fin de dejar atrás la punta de la Galera e internarse en la ría antes de que las fragatas la alcancen. Cinco horas después, tras larga y azarosa persecución, la goleta fondeará a salvo, bajo la protección de las baterías de los fuertes españoles.





 

lunes, 4 de noviembre de 2013

Patente de Corso: Paco el Piloto


domingo, 8 de mayo de 1994

 




Ni sabe quién fue Joseph Conrad ni maldito lo que le importa. Fue marino mercante, y también cornetín de órdenes en el Almirante Cervera cuando en los barcos los almirantes daban las órdenes con cornetín, lo que equivale a decir cuando Franco era cabo. En los últimos tiempos dejó de fumar y ha engordado, pero todavía conserva buena planta a pesar de que navega hacia los setenta con viento por la aleta, rumbo al dique seco. Tiene la piel curtida como si fuera cuero viejo, el pelo blanco e intacto, rizado, y los ojos azules. Hace diez años, a las extranjeras que subían en su lancha para darse una vuelta por el puerto de Cartagena les temblaban las piernas cuando les hacía un huequecito entre los brazos para que cogieran el timón. Era mucho tío, el Piloto.

Se le ve por las mañanas apoyado en cualquier tasca del puerto, honesto mercenario de la mar, esperando clientes que no llegan, con su vieja y repintada lancha que se llama como él y como se llamó su padre. Además de turistas guiris a las que daba una palmada en el culo para subir a bordo, el Piloto ha llevado familias de soldaditos que iban a la jura de bandera, tripulantes de petroleros fondeados frente a Escombreras, prácticos en días de temporal, marineros yanquis hasta arriba de jumilla, los hijoputas, largando hasta la primera papilla por la borda, a sotavento, después de que les partieran el morro en los bares de lumis del Molinete. Su lancha y él han visto de todo: la mar pegando de verdad, cuando Dios se cabrea, y esos largos y rojos atardeceres mediterráneos en que el agua es un espejo y la paz del mundo es tu paz, y comprendes que eres una gotita minúscula en un mar eterno.

Ahora Paco el Piloto está cerca de jubilarse y anda, como sus compañeros de las barcas y las lanchas, en confusos pleitos con las autoridades que pretenden -las autoridades siempre pretenden hacerte faenas así- cambiarles el atracadero de la dársena de botes donde han estado amarrados toda la vida, como lo hicieron sus padres y sus abuelos, y llevárselos a otro sitio.

Estuve hace unos días tomando cañas con ellos y, como siempre ocurre en estos casos, al final no sabe uno exactamente dónde reside la razón legal, pero termina adoptando por corazón e instinto la causa de tipos como Paco y sus colegas, gente con manos ásperas y ojos quemados por el salitre, llenos de arrugas y cicatrices, sencillos, honrados y duros. Así que la razón, sea cual fuere, me importa un carajo. Escribe algo para defendernos, me dijeron, liándome. Y aquí ando, cumpliendo mi palabra a cambio de unas cañas, aunque sin saber muy bien qué diablos es lo que tengo que defender.

De un modo u otro, a Paco el Piloto le debo esta página. A su lado, hace ya casi treinta años, aprendí cantidad de cosas sobre los hombres, sobre el mar y sobre la vida. Una vez, en mitad de un temporal gris y asesino de esos que de vez en cuando sabe sacarse de la manga el Mare Nostrum -nuestro: de Paco y mío-, estuve con él en la bocana del puerto, en el faro de San Pedro y junto a mujeres vestidas de negro, viendo cómo los pequeños y desvalidos pesqueros intentaban poco a poco, entre olas de diez metros, ganar el abrigo del rompeolas.

Los divisábamos a lo lejos, vacilantes y minúsculos, tan frágiles entre montañas de agua y rociones de espuma, avanzando a duras penas con el estertor de sus motores a poca máquina. Se había perdido uno, y cuando un pesquero se pierde no se va un hombre, sino que desaparecen juntos el hijo, el marido, el hermano y los cuñados. Por eso las mujeres enlutadas y los críos estaban allí mirándolos venir, en silencio, intentando adivinar cuál faltaba. Entonces el Piloto, que estaba a mi lado con la colilla a un lado de la boca, las miró de reojo y, discretamente, casi con embarazo, se quitó la gorra. Por respeto.

Otro de mis recuerdos ligados al Piloto es el Cementerio de los Barcos sin Nombre. Una vez me llevó con su lancha allí donde los viejos vapores rendían su último viaje para, ya sin nombre y sin bandera, ser desguazados y vendidos como chatarra. En aquel desolado paisaje de planchas oxidadas, de chimeneas apagadas para siempre y cascos como ballenas muertas bajo el sol, el Piloto lió el primer cigarrillo de mi vida y lo encendió con su chisquero de latón que olía a mecha quemada. Después lió otro para él, y entornando los ojos miró con tristeza los barcos muertos.

-Es mejor hundirse en alta mar -dijo por fin, moviendo la cabeza-, Ojalá nunca nos desguacen, zagal.

Arturo Pérez-Reverte

lunes, 21 de octubre de 2013

Patente de Corso: A Despecho del Inglés


domingo, 28 de mayo de 1995.





Históricamente me caen muy gordos los ingleses. Sé que tras esta afirmación no tendré más remedio que batirme en duelo con Javier Marías, pero un caballero debe sostener sus palabras en el campo del honor. Aunque después la vida lo lleve a uno por otros derroteros, y lo convierta más bien en caballero de fortuna, el arriba firmante fue educado, cuando jovencito, para caballero a secas. Así que tendré que tirar de florete, o de sable -la pistola es una vulgaridad- cuando mi vecino de página, que es anglófilo hasta el tuétano, me envíe los padrinos. Como ambos tenemos más o menos la misma graduación y hemos servido en el mismo Cuerpo de Ejército, no habrá impedimentos técnicos, espero. Aún no sé quién hará de teniente Candy y quién de teniente Kretschmar, pero eso lo iremos viendo sobre la marcha. A primera sangre.



Me desvío del tema. Les contaba que, para quienes somos mediterráneos y de Cartagena, por aquello del mar y de la Historia el inglés siempre ha sido el enemigo. Ya saben: Mahón, San Vicente, Gibraltar y todo eso. Tampoco me gusta cómo escriben sus libros, cuando van y te cuentan que en Trafalgar lucharon contra la escuadra francesa y contra algún barco español que también pasaba por allí; o que durante la guerra peninsular fueron ellos quienes se comieron sin pelar a los franchutes, mientras las guerrillas españolas se limitaban a llevarles el botijo. Tampoco me gustan sus películas de piratas, ésas que les hacían los mamporreros de Hollywood, con mucho filibustero elegante y patriota, y los españoles siempre de gobernadores malos con sobrina guapa y pinta de mexicanos.



Eso sí, reconozco una cosa: saben ser soldados y pelear. Lo que no es bueno ni malo, sino un hecho objetivo. Y no sé cómo se las arreglan los generales y los políticos y Su Majestad la Queen, pero cada guerra la toman todos a modo de asunto personal, como el fútbol. Crueles e implacables, denunciando el juego sucio cuando no son ellos quienes lo practican, con las novias agitando los sostenes a modo de despedida cuando se van a las Malvinas, o al Golfo, o a defender a la madre que los parió. Supongo que la cuestión estriba en que saben hacerse respetar. Cuando cubría la guerra de los Balcanes, los únicos cascos azules que se la jugaban por mi acreditación de Naciones Unidas eran los británicos, que me llevaron a través de Vitez y Gorni Vakuf pegando cebollazos a diestro y siniestro, mientras los españoles se disculpaban diciendo que en Madrid les habían ordenado que no se mojaran ni por periodistas ni por nadie.



Todo esto viene a cuento para que las cosas queden claras, ya que voy a recomendarles un libro. En realidad no es uno, sino varios, de cuya lectura he obtenido -y espero seguir haciéndolo mucho tiempo- un placer inmenso. Se trata de una serie sobre las aventuras de la Armada inglesa, escrita por el irlandés Patrick O'Brian, que en Gran Bretaña y Estados Unidos, creo, lleva una docena de títulos de los que en España, hasta ahora, hay publicados dos: Capitán de mar y guerra y Capitán de navío. Y se los voy a recomendar por varias razones. La primera es que siempre he considerado el mejor regalo descubrir a otros un libro hermoso que no conocen. La segunda, porque son novelas escritas a la manera de antes, como siempre se escribieron, con batallas navales y el Mediterráneo en tiempos de Nelson, y temporales y abordajes, y astillas que saltan por cubierta, y buques corsarios, honor y brutalidad, con el capitán Jack Aubrey y su amigo, el doctor Maturin, convirtiéndose, página a página, en personajes entrañables e inolvidables. En amigos eternos para lectores de limpio corazón, como d'Artagnan, Ned Land, Emilio de lioccanera, Ojo de Halcón, Jim Hawkins, Sherlock Holmes y el doctor Watson o los Pardellanes. Nombres e historias que son puertas abiertas a la aventura más accesible del mundo: la que se alcanza con sólo pasar las páginas de un buen libro.



Hay una tercera razón, más personal. Descubrí esas historias hace poco, y en ellas reencontré un placer que creía agotado: sumergirme en la pasión de una historia fascinante y que aún no me había contado nadie. He sido muy feliz con las dos novelas del capitán Jack Aubrey, y deseo seguir siéndolo. Y como leo fatal en inglés, quiero que tengan éxito, y las compre mucha gente, y la editorial haga que se traduzcan y publiquen aquí todas. Y que yo pueda, durante mucho tiempo aún, amanecer tiritando de frío en el puente la Sophie, dando caza a una vela enemiga que corre bajo un chubasco, en el horizonte, mientras el viento silba en la jarcia y los artilleros destrincan los cañones para el combate.



Arturo Pérez-Reverte