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domingo, 15 de junio de 2014

Una de piratas.



Rafael Hernandez






“La Marina es una carrera que nunca se acaba”.





-         ¿Una taza de café, Comandante?, está aguado pero calienta las tripas.

-         Se agradece, Cabo Duarte ¡¿Cubierta de carga?! ¡Metan esos contenedores en la bodega ya, antes que este viento los deslice por cubierta!. ¡Avise al contador y que asiente toda la carga ahora mismo!. ¡Timonel, apártenos de este portacontenedores y devuélvanos a origen!, lo que queda es trabajo de los remolcadores y del práctico.

-         ¡Volviendo a origen! ¡A la orden Comandante!



Escorando a babor con fuerza y luchando con el fuerte oleaje, la fragata tomó rumbo al punto asignado. El pequeño ciclón subtropical, estaba dejándonos atrás y perdiendo fuerza a medida que tocaba tierra, aún así el viento rolaba fuerte antes de encalmarse, empapándonos con sus ráfagas de lluvia, fría y pegajosa. Una guardia de perros, esa es la que tocábamos a su fin. ¿Pero que guardia no era de perros hoy día?. La deriva continental se activa, empujando, lenta pero firme y visiblemente. La masa oceánica se abre. Nuestro pequeño mar se eleva antes de desaparecer, tragándose antes millas y millas de costa. Haciendo emerger picos donde no los había. Ha pasado mucho desde los tiempos antes del deshielo. Las temperaturas y el clima son asfixiantes, pero mejor este intervalo tropical. Porque el futuro es frío, muy frío. Para la mayoría de nosotros la madre mar es nuestra casa. Y la vida que tenemos para contar se parece más a una continua pelea de taberna, seca, bronca y desangelada. Un buen puñado de esta humanidad, esquilmada, desesperada y codiciosa, todo hay que decirlo, son los piratas de hoy, más feroces que nunca, en un mundo lento para encontrar respuestas.



Piratas que atacan las costas. Piratas que abordan navíos. Piratas que intentan esquilmar todo cuanto sea posible, de cuanto la madre mar guarda sobre y bajo las aguas de las antiguas costas. Los piratas quedan bien en películas y canciones. Pero si abordan tu barco o atacan la costa donde vives, pierden todo su gracia y te cagas en su estampa. Luego rezas lo que sabes para que se contenten con el botín y no sea peor. Y los de hoy no izan bandera alguna para avisar de sus intenciones. Puede ser cualquiera. Esa barca que aparenta pescar, ese velero que un minuto antes agitaba los brazos al saludar, ese carguero de navegar lento y pesado que, sin aviso, te lanza una ráfaga de disparos y un minuto después te esta tragando en su bodega… Un pandemonio, si uno lo ve con perspectiva. Que es la única forma de verlo que hoy me queda. Porque toda esa costa, que en los días claros puede verse, es un espejismo en su mayor parte. A poco profundidad y a muy poca en bastantes casos, afloran las aristas de la antigua raza. Terrazas de edificios. Agujas de antenas de todo tipo, cables, árboles, montañas. Objetos de codicia. Como y según en que latitud y longitud de la carta estemos. Unas cartas que cada día, como el que dice, deben cartografiarse y renombrase de nuevo. La alta radiación solar dificulta las comunicaciones de satélites y ondas largas de radio, telemetría… Operamos con ondas cortas y la menor tecnología digital posible. Por eso los mapas, la regla, el transportador de ángulos, el compás, el sextante, el cronómetro, una buena vista, unos mejores binoculares y la pericia antigua de los marineros, son nuestra mejor herramienta, hoy día. En medio de ese panorama, está mi trabajo.



Carmen García Gavira, Capitán de Fragata, Comandante del “Halcón, una vieja fragata de la clase Jaime Janer Robinson, o F-405, asimilada a la actual Clase 5 de la Armada. Clase 5; Viejos navíos militares, artillados y asignados desde que tengo memoria. Sólo por encima de la clase 6 y 7. Clase 6; Las naves de Salvamento Marítimo y el Grupo Oceanográfico. Clase 7; Las naves civiles artilladas, con funciones de avisos, correos, transporte y recuperación. Hasta eso hemos llegado. Las Armadas de los países que quedan en pie son insuficientes para tanto trabajo. Luego, ¿tenías un casco que flotaba y podía artillarse dignamente?, pues ya tenías trabajo. La paga es la comida y los botines. Botines, si. Porque toda Armada de hoy opera con Patente de Corso. Ejerciendo de guardacostas, cartógrafos, mineros, hidrógrafos, arqueólogos, buzos, y quien sabe que más. Y bajo esa piel de trabajo oficial, la autentica piel. Zorros de mar, cancerberos de costa, perros de presa. Corsarios defendiendo lo poco o mucho que quede por defender. No, no hemos cambiado tanto como raza. Pelearnos es lo mejor que sabemos hacer. Otros podrán contar otras historias, pero esta y hoy, es la que me toca contar a mi.



El abuelo era un marino que amaba la Armada y un visionario. Dedicó toda su fortuna y todo su empeño en mejorar la vieja idea de la propulsión magnetohidrodinámica para liberar a los buques de las propulsiones de combustibles fósiles o atómicos. “El mar es la respuesta”, decía. Y su segunda y brillante idea. El sistema Thanos. Un sistema de guía y rastreo de combate, que puede manejar desde una simple pieza de artillería a un número infinito de ellas. Y lo adaptó a las viejas piezas de ametralladoras BM6. “Lo barato y fiable, siempre será mejor en un mundo que se queda sin recursos”. Y, contra todo pronóstico, lo logró. Mi padre era un marino que amaba la Armada y un currante feroz. Dedicó todas sus energías, fortuna e influencias, en poner todo el trabajo teórico del abuelo sobre un casco tangible y real. La vieja F-405, rescatada del desguace y rebautizada ”Halcón” en honor al mote con que padre llamó siempre a madre. Y, contra todo pronostico, lo logró. El día de las pruebas ante el Almirantazgo en pleno yo estaba a su lado. Una joven Guardiamarina, entre mi padre, Capitán de Navío y el Almirante de la Flota en persona. Amigo de la familia, por que si no de que. El que tiene padrinos se bautiza, ya se dice. Todas las risas que había provocado la vista de la antigualla de fragata, enmudecieron al alcanzar esta a los 60 nudos sin dificultad, en una casi absoluta ausencia de ruido y vibraciones. El mutismo se convirtió en muecas de asombro, cuando en los ejercicios de navegación y operaciones, el sistema de propulsión del “Halcón” demostró de que era capaz, gracias a los  2 impulsores de popa, los 2 de proa y 4 impulsores centrales que le permiten, en parada, una rotación sobre eje de 360º a 1rpm. El asombro se convirtió en estupor cuando, en las pruebas de control de tiro, el Thanos demostró de que era capaz. Desde un único disparo a los 12.000 por minuto de cada ametralladora BM6 de 6 cañones giratorios, calibre 25, multiplicados por las 48 con que estaba dotada la fragata. Un infierno balístico de sorprendente eficacia y belleza, al menos para un marino de guerra, que dejó los cascos semi y blindados de los blancos como un colador. Efectividad 100%, cobertura 100% desde flor de agua. Con un radio de alcance efectivo de 5km. Coste raquítico, porque los proyectiles y los recambios se recauchutan a bordo. “¡Quiero eso en todas mis naves!” dijo el Almirante, cuando recuperó el aliento. Padre se forró con las patentes y aseguró un futuro, incierto, pero futuro al cabo, para su descendencia, que soy yo. Y van 27 años en la mar, con el “Halcón” a pleno rendimiento. 27 años de cartografiar y marcar los accidentes nuevos para revisión. 27 años de salvaguardar las costas y la imaginaria y cambiante línea de las 250 millas náuticas de nuestras aguas territoriales. Y aunque no siempre hemos ganado, el balance es intachable. 18 bajas en todos estos años. No se…



-         ¡Comandante, perdigón por la amura de babor, en rango de tiro, 62 nudos y acelerando!

-         ¿Rumbo de colisión, CIC?

-         Negativo, en paralelo hacia la costa.

-         ¿Respuesta al Alto?

-         ¡Negativo de radio, acústicas y visuales. Omiso el disparo de advertencia.  Sin identificación.  4 tripulantes. Carga opaca, Comandante!

-         ¿Tiempo para arribo?

-         ¡T  menos 98 segundos, Comandante!



Un perdigón es una semirrígida de eslora y manga variables que los contrabandistas y los piratas usan para el paso de contrabando, normalmente de mar a costa. Suelen ser negras y operar entre la medianoche y el alba. Fían su efectividad a su extremada velocidad y ese es su punto flaco. Muy ligeras y muy veloces. Un garbanzo que toquen les hace volar por los aires. Peligrosas si entran en rumbo de colisión. Una de ellas, no detectada a tiempo y cargada de explosivo nos dejó un hermoso boquete en la proa, ya hace. Es el final de esta guardia y no pienso malgastar ni un cartucho con ellos.



-         ¡Cubierta de cable!. ¿Listo cable de marcación que tendimos ante la costa?

-         ¡Ayustado, tenso a un tercio de braza bajo la línea y operativo, Comandante!

-         Bien… ¡Control de vuelo, maniobra de hombre al agua en línea del cable de marcación, ahora! ¡Operaciones, designe un pelotón que apoye a rescate y limpien la zona de impacto, no queremos perder ese botín ¿verdad?.

-         ¡Desde luego que no!. ¡A la orden Comandante!

-         CIC, pase las imágenes de infrarrojos de la aleta de babor por nuestras pantallas, quiero ver ese salto…



Acabar de decirlo y con un seco estampido, los fuerabordas del perdigón que ya venía dando pantocazos con esta mala mar, chocan con el cable tendido. El choque hizo saltar primero y dar varios rebotes sobre la superficie después, a la embarcación, quedando con la quilla al aire. Con suerte, cuatro tripulantes magullados que recoger del agua y presentar a las autoridades. Con menos suerte, serían menos. Pero a estas alturas, esto es una victoria. Nadie les manda contrabandear.



-         ¡Seehawk  a puente, 3 supervivientes y un cuerpo a flote! ¿Cuadra?…

-         Cuadra, Seehawk. Recojan y vuelvan a cubierta. Gracias muchachos… Cubierta de cable, tendrán que revisar ese trabajo antes de acabar su guardia. Que las boyas de marcación de superficie sean para su relevo de guardia.

-         ¡A la orden Comandante!.



Una mirada más allá del puente de mando. El pequeño ciclón deshaciéndose tierra adentro, por la amura de babor. A dos cuartas por el horizonte, amanece, claro y calmo, otro día de calor infernal y pegajoso. Ahí fuera; Perdigones. Ratas y Pulgas, que son embarcaciones de 1 o 2 tripulantes. Calamares, que van a remo. Pastiches, que son mitad motoras mitad veleros. Gaviotas, veleros de menos de 12mts de eslora. Cabronas, que son veloces y grandes yates artillados por los piratas. Esponjas, que son artefactos montados con cualquier cosa que flote y repletos de personas, hambrientas y desesperadas por llegar a cualquier costa. Una retahíla a la que cada día se añade algún nombre más, están, ahora mismo, haciendo de las suyas o preparándolas. Y un bosque de mástiles y cascos, civiles y comerciales, retornando a la seguridad de puerto tras la tormenta, bajo nuestra protección. Como cada jornada. Y toda nuestra Armada, desde embarcaciones privadas, fragatas y corbetas tan viejas como la nuestra, los nuevos y temibles BAM clase “Matador”, autentico azote de los piratas, las patrulleras del Servicio de Policía Naval, las unidades de Salvamento Marítimo, hasta el  “España”, Puerto Cero y portaviones desde donde opera el mando de la flota, todos, como digo, trabajando para proteger este mundo de costas cambiantes y puertos móviles. Un mundo de escasez de todo, donde las armadas pequeñas y ligeras hemos ganado a las potencias que lo apostaron todo a las superestructuras de costes inviables y armamento insostenible. El último armamento pesado que recuerdo, fueron los misiles balísticos intercontinentales Bulavá, RSM-56, que un submarino ruso, el “Kronstadt”, vino a intercambiarnos por víveres, repuestos y agua potable, en este mismo puerto, ya hace. Los ingenieros de puerto convirtieron el inservible silo de misiles en deposito estanco y aséptico de agua potable. Una forma civilizada y amable de quitar de en medio ese horror atómico y dejar los submarinos y cascos medio inservibles, caso que vayan a parar a manos de cualquier pirata. Estuvieron una eternidad dándonos las gracias. El abuelo acertó en sus predicciones. Lo pequeño y fiable ha ganado en mar y tierra. Una regla única de enfrentamiento en este mar; Protocolo de comunicaciones y advertencia. Casco amigo; Bienvenido a casa. Casco enemigo; Abordar, inutilizar, apresar. O hundir a cebollazo limpio, según caso. Una regla única de honor en este mar; La vida por el compañero, por el náufrago, el necesitado y el vencido. Sea quien sea. Y con eso vivimos. Las tripulaciones arrestadas, engrosan el rol de las tripulaciones perdidas. Sin mucha queja. Pocas bocas tienen aseguradas tres comidas al día, hoy por hoy. Lo recuperado es botín de guerra; 20% para el Almirantazgo, 7% para el agente de presas, el resto para la tripulación, proporcional al rango. Aún hay quien se acuerda del Quinto Real, que ya es decir. La pérdida de vidas, si las hay, de uno u otro lado, se lamentan. Son tiempos secos y desesperados. Tiempos de matar o morir. Pero aún somos humanos. En el horizonte, una vela que alegra la vista.



-         Timonel, ¿reconoce ese aparejo?

-         Si la vista no me engaña, es la Goleta Morena, y por la hundida que viene, con las bodegas hasta los topes.

-         Eso es. Hasta los topes de restos arqueológicos recuperados, de muestras, de datos de investigación, de gente de estudio ¿Me creería si le contara cuanto envidio ese barco?.

-         ¿La Morena, Comandante? Pero si es una nuez prehistórica que sólo desplaza 100tn. Artillada sólo con un BM2 a proa y a popa. No quiero saber el miedo que deben pasar, rezando para que no les vea ningún pirata antes que nosotros…

-         Cierto, muy cierto, timonel. Pero esos hombres maniobran sus aparejos y de su pericia depende llegar a buen puerto. Sienten el viento en la cara todo el tiempo y el oleaje los empapa cuando la mar se cabrea…. ¡De verdad que los envidio!….

-         Con permiso, Comandante, con toda franqueza ¡¿Está de cachondeo?! ¡Con los tiempos que corren! – Respondió el timonel unos segundos después de pensarlo.



Y yo me giré al oírle, con cara de sorpresa. No por la franqueza de las palabras. 27 años de lucha, codo a codo, dan para mucho relajo en el ceremonial. Si no por lo de cachondeo. No creía tener sentido del humor. Por todas las astillas…



-         Capitán, la Morena arría su bandera…

-         ¡Arriar bandera a media driza y a tope! Y la señal para la Morena; Despejado. Bienvenidos a puerto…. ¡Atención en cubierta! ¡Control de tiro, 5 salvas, que no se diga que no somos hombres de mar!…



La guardia de mañana y todo el personal libre, firme sobre cubierta y 5 salvas, saludaron, al paso por la quilla del Halcón de la Goleta Morena. Desde la Goleta respondieron con “¡Vivas!” Hasta quedarse afónicos. Aún quedaban hombres de honor y de mar, por fortuna. Aún quedaban hombres con memoria. Como envidiaba esa arboladura. Como añoraba esa libertad que da la inseguridad de un casco desprotegido en alta mar. El otro grito que lanzaron; “¡Crías de yubarta!”, casi hace saltar más de una lágrima a bordo. Avistar crías de yubarta es sinónimo de esperanza. Han pasado muchos años del último avistamiento.



-         ¡Atención, oficial en puente!

-         ¡Buenos días, Teniente Urbizu!. Noche movida con el pequeño ciclón que nos ha barrido; Dos perdigones apresados, el segundo en camino. Siete de sus tripulantes en los preventivos. Un portaaviones, el “USS Hurrycane”, dentro de las 250, pidiendo permiso para comprar alimentación atómica. ¡Nanay!. Es material descatalogado y comercio prohibido. Que se arreglen, si pueden, con el mercado negro en aguas internacionales. Dos BAM, el “Tritón” y el “Barracuda”, escoltándolos fuera de nuestras aguas. El “Tritón” nos ha dejado ordenes del Almirantazgo y correo. Esta correspondencia es para Utd. Hemos abordado el “Orinoco”, un clase Spaarmeer de 11.000 TEU, con señal Foxtrot Victor. El ciclón les pasó por encima y los dejó sin comunicaciones y sin gobierno. Tres cabronas lo estaban hostigando cuando llegamos. Hundidas a cebollazos. Sin supervivientes. Carga irrecuperable. El viejo Capitán Andros con bandera panameña. Bodega con sello Ducal. De los contenedores en cubierta buen botín; Tabaco, café y azúcar de caña y ropa interior de protección UV. La ropa repártala entre la tripulación como pueda. Que figure en los libros como “recompra directa”, a descontar de mi parte. Ajuste las cuentas con el agente. La tripulación lo merece. Una esponja con 138 almas a bordo que transferimos a la Salvamar “Antares”. Cable tendido y operativo. Restan las boyas que es cosa de su guardia. Operaciones y CIC le darán todos los detalles. Una vía de agua reparándose en el través de estribor, cubierta de máquinas.

-         ¿Ese Spaarmeer era un Papa Luna?. Están espabilando. El sello Ducal es inviolable y siempre dejan algún cebo en los contenedores de cubierta, como el de hoy. La panameña tiene los días contados ¿lo saben?…



Lo de Papa Luna, es el apelativo para la flota comercial del Vaticano. Porque fue en ese castillo, ahora sumergido, donde se firmó el acuerdo que les daba vía libre en el comercio marítimo y prerrogativas como el sello Ducal en sus bodegas. Nosotros a cumplir y a hacer cumplir, que la política no es cosa nuestra.



-         Lo saben. El capitán tuvo el significativo detalle de enseñarme la nueva bandera Ducal que entrará en vigor en cuestión de días. Me recordó a la vieja de nuestros tercios de Flandes. Pueden permitírselo. Tienen lo que pocos países ya. Economía firme y presencia en todos los puertos.

-         ¿Bandera de los tercios?…. eso es historia muy muy antigua.

-         Historia más que antigua, si, pero ya sabes cómo me gusta. Y parece que repetimos. El escenario naval de hoy, empieza a parecerse mucho al de hace eones. Todos contra todos y los piratas  de mar y tierra sacando tajada.

-         Un escenario que ni pintado para “mamá cebollazos”, entonces…

-         Borra esa risita…. ¿Así es como me llaman en el Almirantazgo?…

-         En toda la flota, en realidad…. Una ocurrencia de los Infantes de Marina, que admiran como te brillan los ojos, cuando escupen los BM6…

-         Abuelo artillero, padre artillero…. Viene de familia… Que rían lo que quieran, la risa es buena para la moral del barco, eso si, que no lo oiga en boca de nadie a bordo, corre la voz.

-         Son conscientes, pero pasaré el recordatorio.

-         En fin…cuando acaben con las boyas, libre toda la carga en puerto. Que todo el personal desocupado ayude en la operación. Cuadre con el contador y el agente de presas, reabastezca y ponga rumbo al faro de Monte Toro. Tenemos ordenes de reunirnos con un convoy de colonos y escoltarlos hasta Nueva Maracaibo. Aquí están esas órdenes. La tripulación está exhausta, pero zarpe cuanto antes y nos ganaremos un buen descanso en Tierra Pitiusa. Eso les dará brío y motivación. Nos releva en la posición la “Covadonga”, al mando del Capitán Nicolás Alonso Prat. Es un viejo amigo. Avíseme en cuanto aviste su gallardete e invítele a subir a bordo para cumplimentar las formalidades. Largue la tajamar y arríe nuestro gallardetón en cuanto su lancha se dirija a nuestro encuentro, que pueda verlo. Como deferencia. Voy a descabezar un sueño. ¡El mando es suyo Teniente. Buen servicio y buena proa!.

-         ¡A la orden Comandante! Descanse.



La mayor parte del trabajo es rutina. Pero esas ordenes para escoltar un convoy a ultramar, serán un incentivo para la moral de la tripulación. Navegar en mar abierto, en unas aguas infestadas de piratas de gran calado, promete acción y mejores botines. No hemos cambiado tanto los hombres de sal, al cabo.



Antes de cerrar los ojos, le doy las buenas noches a los retratos que guardo de mis hijos. Beatriz, Autoridad Portuaria Atalanta, el puerto móvil cuya protección nuestra escuadra tiene asignada. Base de operaciones contra la piratería y sede del Tribunal de Presas. Y Rodrigo, mi pequeño, Sargento de los TEAR embarcados en el P-382 “Mercurio, uno de los sufridos BAM que patrullan el límite de las 250 millas, fogueándose a diario con la peor calaña que existe ¿Mamá cebollazos? En este mar, como si tengo que detener a todos los piratas a mordiscos y con un hacha de abordaje. Por ellos y por todos…



Cierro los ojos soñando con este mundo que se sumerge y desaparece… soñando con ese casco ligero, de arboladura llena, con el que navego en un mar libre de desesperación y muerte…



Llena de una felicidad antigua como la madre mar…


domingo, 18 de mayo de 2014

El mar de Pichón.



Rafael Hernández


Para Soni, un brazo de mar.




La niña pasaba todo el tiempo que podía ahí, de pie, mirando por la ventana que daba al patio de luces, deslucido, angosto y en semipenumbra perpetua. El resto del tiempo estaba en la escuela, hacía sus deberes y recados, acompañaba a sus padres donde hubiera que ir. Era buena estudiante, era una hija amable y atenta. Pero parecía vivir en otro mundo. Un  mundo de fantasía interior del que asomaba una luz intensa cuando estaba ahí, de pie, mirando por la ventana. Y nunca hablaba si no se le preguntaba algo. Normal que los padres pensaran que alguna enfermedad le comía por dentro. Normal que cuando la llevaron a los médicos, se abrazaran las manos y cruzaran una mirada de angustia no verbalizada.
Pruebas y más pruebas para no hallar nada que no fuera evidente. Estaba dando el estirón, bien que no mucho, la niña sería una pequeña mujer en el estricto sentido de la palabra. Y estaba algo flacucha. Nada más. Ante la afligida mirada de los padres, el medico dio su opinión; “Un cambio de aires, eso es lo que la niña necesita. Llévenla una temporada al mar”. Eran otros tiempos y los cambios de aire arreglaban todo lo que no se sabía como arreglar. 

Esperaron hasta la llegada del verano y el mes de agosto, cuando el padre cerraba la notaría por que en la ciudad no había nada que notar. Cargaron el utilitario hasta arriba de maletas y el padre condujo y condujo, atravesando mesetas, pueblos, montañas y ríos hasta llegar al pueblo donde aguardaba la pequeña casa que heredó de sus padres y a la que no habían vuelto en quince años. Y llegando al pueblo, llegaron al mar. Era noche cerrada cuando pararon ante la casa. Les esperaba la prima Remedios, ama de la casa en ausencia de los demás. Pocas palabras y abrazos, algo caliente para cenar. La niña ni se enteró. Llegó dormida.

Temprano, la niña abrió los ojos. Ya antes de abrirlos el olor del mar inundo su olfato y los sonidos del pequeño puerto de pescadores le llenó los oídos. Saltó de la cama y corrió a la ventana para decirse que si, que había llegado al mar. Tardó lo que tarda un  suspiro en vestirse. Bajó corriendo a la cocina como corren los gatos cuando tienen hambre. “¡Buenos días!” gritó a quien le oyera mientras se tragaba de golpe el tazón de leche y con un chusco de pan en la mano, salió corriendo a la calle. “¡Espera hija! ¡¿Donde vas?!” gritó el padre asustado. “Déjala, se ha ido a ver el mar y en este pueblo nos conocemos todos, nada de malo le va a pasar”, dijo la madre. “¿Has visto con que alegría nos ha saludado?”, añadió como en voz alta.

Con esa alegría, la niña llegó al mar. El primer día estuvo horas y horas con los pies dentro del agua. Horas y horas corriendo de aquí para allá entre el pequeño puerto de pescadores y la playa. Y preguntando a quien tuviera al lado que era esto y lo otro y como se llamaba esta cosa de aquí y la otra cosa de allá. Durante la cena se quedó dormida contando a sus padres todo lo que había visto y aprendido. Así acabó, rendida, su primer día en el mar. Y los padres no sabían ya a que cielo dar las gracias por el instantáneo cambio, a mejor, de su hija.

A la mañana siguiente, la niña repitió su hazaña y aún se atrevió a más. A vista de los padres para no darles miedo, se adentró en las aguas de la playa, hasta donde casi le cubría. La niña no sabía nadar. Pero allí estuvo, haciendo como que si sabía, hasta que los padres la llamaron para comer y mas tarde, para cenar. Al tercer día, la niña se fue directa a la playa y allí estuvo hasta que aprendió, por si misma, a flotar. Tres días más tarde la niña nadaba con facilidad. Sin que nadie le hubiera enseñado. Como por ensalmo. Unos días después llegó lluvia y marejada y la niña, que no podía nadar, estuvo todo el tiempo dando vueltas por el pequeño muelle de pescadores, sin perder de vista el mar. Ese día, el Morena, un viejo pescador del pueblo, la vio llegar hasta el cobertizo donde estaba remendando sus redes y la llamó; “¡Eh, Pichón, ven aquí que se tan a mojar las aletas!”. El Morena tenía facilidad para apodar a cualquiera. Y la niña que tenía un nombre propio, sonrió al oírse nombrar así. Y en Pichón para siempre y para todos se quedó.

Para cuando acabaron las vacaciones, la niña había adoptado la mar como casa, se volvió medio negra de tanto nadar y tanto sol, había adoptado al Morena, que ella llamaba “patrón” y aprendió con él todo cuanto de pescar y manejar una barca, se podía aprender en aquella costa. Y nadaba. Nadaba todos los días. Como si eso le diera la vida. Un minuto después de emprender el regreso, el rostro de la niña volvió a nublarse. Volvieron a la ciudad, donde el padre abrió la notaría, la madre cuidaba de todos y hacía ganchillo escuchando la radio y la niña mudó el color de piel mirando tras la ventana. En el horizonte, más allá del patio de luces, en línea recta, esperaba su otra madre, la madre mar. Y los padres por un tiempo dejaron también de hablar y parecieron no querer saber. Pero sabían. Habían aprendido a saber. Así que hicieron lo que habían de hacer. El padre movió papeles para permutar plaza. La madre ordenó lo que había de ordenar para despedirse de una casa y una vida que ya no era de su familia. Cuando llegó el verano, un camión de mudanzas acompañó el viaje del utilitario. Y la niña volvió a sonreír. Al fin y para siempre volvía para estar con la madre mar. Esa felicidad, apartó todo lo que hizo falta apartar, de comparar la vida de la ciudad con la vida en aquel pequeño pueblo, medio olvidado entre caminos. Los padres aprendieron a ser felices allí y así también.

De vuelta a su vida, Pichón nadaba y nadaba. Se aprendió todos los recovecos, los bajíos, las escarpaduras y cada ola que saludaba aquella tierra. Aprendió los nombres de todos los peces y de todos los vientos y mareas. Manejaba la barca del Morena, a sus catorce años, tan segura como el primer marino que gastó su vida en ello. Llegaba más rápido y más lejos que nadie con sus brazadas. Y aprendió a bucear, ella sola, una vez más como por ensalmo. “¡Una vez, no más necesita saber las cosas para prenderlas y hacerla suyas, carallo de niña, ni que Posidon la educara!”, dijo una vez el Portu, que llevaba la pequeña marina del pueblo y arreglaba cualquier cosa que navegara las aguas. Entre mar y mar Pichón acabó la escuela y a nadie, empezando por sus padres, se le ocurrió preguntarle que quería hacer. Pichón ya hacía lo que quería y era tan libre como el viento y tempestuosa como la madre mar. Salía de casa antes de romper el alba y volvía para cenar. Y todo el tiempo entremedias era para estar en la mar, ahora nadando, ahora pescando con el Morena, o arreglando motores y calafateando cascos con el Portu, ahora buceando para reflotar sacos y sacos de basura, que con paciencia tiraba a los contenedores. Nadie le mando hacerlo. A fuerza de constancia y quintales de basura, el ayuntamiento colocó un par de contenedores especiales para ello. Los lugareños y los turistas que la veían salir del agua con aquellas bolsas de red llenas de basura entre sus manitas, se lo pensaban antes de tirar el bote de refresco por la borda. Y no lo hacían. Esta fue la primera victoria de Pichón, que ganó sin que pareciera importarle. Ella limpiaba porque no podía entender que se ensuciara.

Un día, el Morena, a vista de todos, le pago su sueldo por haber ayudado en las capturas del día. De ese modo todos entendieron que si buscaban su ayuda, esta tenía un precio. Y Pichón, que nada quería saber de dinero, se lo llevó a su madre. De ese modo se pagaban las cosas que cogía del ultramarinos, de la marina y la ferretería del pueblo, de la papelería y todo lo demás. Porque, de igual modo que Pichón no pedía nada por su trabajo, tampoco daba nada por lo que necesitaba. Y nunca pareció entender el tiempo que las personas perdían por “me debes esto y esto cuesta tanto”

De igual modo que cogía cuanto necesitaba, podía emerger del agua y plantarse en la cubierta de cualquier cosa que flotara, barca, zodiac, velero, patrullera, daba igual. Si estaba cansada, o tenía sed o tenía hambre, cualquier casco a mano lo hacía suyo. Luego “si te he visto no me acuerdo” y vuelta a chapuzarse en el agua. A fuerza de costumbre, ni los patrones de la zona, ni aún los patrulleros, se asombraban ya. A los turistas y a los de paso si les extrañaba y aún alguno, vanamente, intentó denunciarla. “¡Protesto enérgicamente! ¡Esto es un abordaje y un acto de piratería en toda regla!” gritó indignado un capitán de la armada inglesa, de vacaciones a bordo de un hermoso cúter, después que Pichón se zampara unos sándwiches y una jarra de limonada dispuesta a bordo. “¡Pero Almirante, si es una niña que no hace na malo, ¿qué quiere usté, que la pasemos por la quilla, o la colguemos del palo mayor?¿Qué se le debe por las molestias?!”, le contestó el cabo Sierra en el cuartelillo. Y ahí acabó la cosa.

Otro día, Pichón ayudó a un equipo de rastreo submarino de cierto museo, a localizar los restos de un pecio hundido en la zona. Ahí demostró tres cosas; Que tenía una capacidad pulmonar fuera de lo común y un olfato único para leer las señales bajo y sobre el mar. Que conocía aquella costa mejor que nadie. La tercera es que se había convertido en una mujercita ágil y hermosa. Le partió el corazón a todos los hombres del buque de rastreo. Pichón se hacía mayor, pero no daba muestras de querer enterarse del asunto. El hijo del Portu suspiraba a escondidas desde que la conoció.

Pasó el tiempo. Como en un embrujo, la niña Pichón se transformó en una hermosa mujer que iluminaba la vida con su sonrisa y su amor por la madre mar. En ese tiempo murió el padre. Pichón estuvo muchos días recluida en casa haciendo compañía a su madre. “Vete, mi niña, a lo que tengas que hacer, que yo estoy bien”, le dijo su madre cuando se cansó de verla mustiarse entre paredes. Y Pichón se fue a nadar con los peces despidiendo a su padre entre brazada y brazada.

Un verano llegó al pueblo una furgoneta vieja y desastrada, con la música muy alta y llena de chicos jóvenes y tablas de surf. Era la primera vez que pichón veía una tabla de surf y los chicos buscaban con urgencia un taller para su furgoneta. “Os arreglo la furgoneta y me enseñáis a montar en esa tabla”. Trato hecho. Los chicos no sabían de que asombrase más, si de la facilidad con que arregló un motor que era cosa de marcianos para ellos, o de lo rápidamente que aprendió a cabalgar las olas. Como si lo hubiera hecho toda la vida. Pichón era feliz y olía a parafina. Los chicos se quedaron un par de semanas acampados por ahí. Una mañana la furgoneta ya no estaba y Pichón tampoco. Era canto viejo. “Volverá. Solo está probando sus fuerzas hasta donde le dejen nadar”. Eso dijo la madre. Y nadie replicó, aunque más de uno se decía que ya le habían visto el pelo y cosas por el estilo. El hijo del Portu lloró su rabia a escondidas, luego le dio por beber e irse de putas.

Pasó el verano y buena parte de aquel otoño. Cuando menos la esperaban, Pichón apareció por el pueblo. Se encerró unos días en casa y tímidamente volvió a salir al mar. Pero no sonreía y parecía ajena a todo. “¿Qué pasa Pichón, se te naufragó el alma por esas tierras?” le preguntó un día el Morena a bordo de la barca. Pichón, callada y distraída, se llevó las manos al regazo. “¡Acabáramos! Así que lo que pasa es que tienes miedo”. Pichón alzó la vista hasta cruzarla con el Morena y este vio todo lo que había que ver. “No tengas miedo. Eso que viene será un hermoso pececito al que tendrás que enseñar a nadar”. Y Pichón volvió a sonreír. No lo había visto así hasta ese momento. La vida volvió a llenarse con su sonrisa y con todo el amor que llevaba consigo. Unos días antes de dar a luz, pichón pareció acordarse de algo. Fue hasta la marina y le preguntó al Portu. Salió corriendo, llegó hasta la casa de citas de la señora Pura, cogió del brazo al hijo del Portu y se lo llevó a su casa. Le plantó un par de bofetadas ahí delante de su madre y luego lo beso en la boca. “Sube, date una ducha y cámbiate, desde hoy vivirás conmigo y nadie más”. Así era Pichón, proa avante y poca palabra. Bernardo, que así se llamaba el hijo del Portu, fue, desde ese día, un hombre feliz. Aunque alguno se muriera de envidia. “Y ándate con ojo, chaval, que si le fallas a Pichón, me pierdes como padre. Te tocó la lotería, ahí es nada”, le dijo muy serio el Portu, cuando Bernardo, al otro día, le contó las nuevas.

Y en esas nuevas y en esas historias estamos al hilo de este contar. Pichón y su pequeño pececito salen cada día a estar con la madre mar, donde siempre hay algo que hacer y algo que aprender. Bernardo ayuda a su padre y atiende la casa, para lo que la madre es muy mayor y para lo que Pichón no nació. Y, no necesita decirlo, es el hombre más feliz de la tierra. Al menos de la pequeña porción de mar y tierra que nos ocupa.

-       Hay que joderse, parroquia.
-        ¿Por qué dices ahora eso, Morena?.
-       Mírala. No hay más que mirarla. Cuando nada cerca de ti, solo puedes dejar lo que estas haciendo y pararte a mirarla. Es como un encantamiento.
-       ¿Y por eso hay que joderse?- preguntó Arturo, un parroquiano que intentaba ganarse las lentejas con la pluma, pero ese es otro contar.
-        Pues claro que lo digo por eso, Atunico, ¿tu me entiendes verdad Portu?.
-        ¡Andáramos y tanto que te sigo!.
-        Pues me lo explicáis que no lo pillo.
-   Porque aún estas verde, Atunico. Toda la vida partiéndonos el alma por estas desagradecidas aguas de Dios, y viene una niña de ciudad y se queda con el mar.
-        La mar escoge y no hay más mientes – Remató el Portu.
-        Y con esto quieres decir….
-         … que ni tuyo, ni mío, ni del Portu, ni de nadie… ¡Este mar es de Pichón!.
-         ¡Y ansí sea y ansí se quede, carallo, que la va como un regalo!.
-         Ahora os pillo viejos zorros. Algo de envidia se masca por aquí ¿eh?.
-         Y lo sea o no, tu no le quites ojo, que algo ganaran tus letras con ello, Atunico.
-         Así sea. ¡Por el mar de Pichón, parroquia!

Y así alzaron cada cual su vaso y bebieron a la salud de la madre mar que Pichón había hecho suya.



domingo, 13 de abril de 2014

El señor de los vientos y las mareas



Rafael Hernandez 


Y ahí es donde andaba el hombre, a lo suyo. Esa era su respuesta cuando cualquiera le hacía la fatídica  y parece que inevitable pregunta de “¿Como anda hombre?”, o, “¿Como vas?”, o, aún, “¿Como te va?”… o cualesquiera de las combinaciones posibles de la conocida requisitoria. Y el hombre cada día contestaba con más desgana; “Como siempre”. Que es ese tipo de respuesta que, si uno está atento, en seguida sabe que lo que en realidad le están diciendo es, poco más o menos, esto “¿Por que no se van Utd. Y su ingenioso verbo más allá de donde pasta la última de las vacas de este mundo y nos dejan a mi y mis asuntos a lo nuestro, como siempre”. El hombre nació en sociedad. Deconstruyó el tiempo de horarios escolares tal como presignan las leyes y algo más. Ha tenido sus más y sus menos en esta vida, o eso podemos deducir de su mucha ancianidad. Si juntamos estas cosas y las aderezamos con a saber cuantas especias más, damos por sentado, con el peligro que esto tiene, que el hombre, hace ya una barbaridad de tiempo que desistió de instruir a los que nada quieren saber, fuera de si mismos, y acabó por acortar la enseñanza hasta su última coletilla. “Como siempre”, entonces, ahí estaba el hombre. A lo suyo. 

Y lo suyo, como siempre, es la madera y el mar. En tiempos pasados fué carpintero de ribera. Oficio de herencia, que se remonta y se remonta en el arbol familiar, hasta donde es posible retroceder. En este caso, hasta donde se recuerda; El primer varón de la familia no fué carpintero, pero si comerciante marítimo, trocado en corsario contra el turco, que por entonces era oficio de más prestigio y con mejores dividendos. Siempre y cuando la empresa fuera bien, claro está. Que mal, mal, no parece que le fuera al hombre porque a la generación siguiente ya fueron armadores y, a la siguiente, en la estela de los vaivenes económicos, ya eran dueños de un pequeño astillero, arrendado en los muelles, especializado en laudes, balandras y gabarras, cascos de pequeño y mediano calado, adecuados para el comercio fluvial y costero. Empresas mayores quedaron en manos más pudientes que pudieran asumir el riesgo de las astronómicas inversiones. El negocio burgués, abarcable y seguro eran las raices heredadas por el hombre. Y a eso dedicó su juventud.
No fueron malos tiempos. De hecho se convirtió en un mercado floreciente. Desde que el nivel del mar subía y subía, reclamando, primeramente, todo el litoral robado, para continuar, el mismo, robando, año a año, braza a braza, un poco más del litoral, el suyo era un negocio floreciente, si señor. 
De los tiempos de la primera Gran Subida, apenas si quedaba ya memoria. Baste decir que estamos en el tiempo en que los hombres están divididos entre los terrestres y los acuáticos. Que dice el hombre, tiene cojones la cosa, pase lo que pase, los hombres tienen que vivir por sus diferencias, no por aquello que les une, no señor, no vaya a salir algo bueno de todo ese unirse. Es mejor perpetuar las diferencias. Perpetuar las riñas y el dolor. Que tiene cojones la cosa, pero que vamos, como siempre. El caso es que los negocios no iban nada mal, pero la cosa de la madera fue en regresión. Por la competencia de los cascos de fibra y metal, primero, para continuar con la aniquilación de los poquitos bosques del interior, hasta el punto que hubo que delimitar el uso de la madera para contadísimos casos. Que dicho así, no suena mal. Suena como suena, sencillo y protector.
Pero los hombres somos hombres. Lo que es lo mismo que decir que todo se hace tarde y mal. Cuatro bosquecillos es todo cuanto queda, vallados por asfalto hasta donde se pierde la vista. A la porra el oficio de carpintero. Contando con que la edad del hombre ya no le daba para más esfuerzos de los necesarios y la conciencia de ser el último de su largo linaje, ya que el suyo fue un matrimonio sin hijos y el era hijo único, pues que el hombre se vio mayor, viudo y casi sin fuerzas. Y se dijo; “Renovarse o morir”, que es lo que tantas veces nos toca en la vida. “¿Que sabe -se dijo el hombre- hacer mejor un carpintero que agotar los bosques? Cuidarlos”. Pero ya hay policías forestales, genetistas botánicos y quien sabe que retahíla de especialistas más, chupando de las raíces de los árboles. “Entonces ¿que sabe hacer un carpintero de ribera?. Construir naves que puedan gobernarse bien entre corrientes de mar y de aire. Cuidar de los bosques que es su materia prima”. 
Unos cuantos años dedicó a meditar esta verdad el hombre. Hasta que la idea, difusa en un principio, en un mar de calma chicha de ideas, cogió, un buen día, un pequeño soplo de viento, suficiente para dar vida a la panza de sus velas y navegar a buen ritmo y sin desmayo. Y es eso que, desde entonces, el hombre está a lo suyo.
Lo suyo es un pequeño negocio burgués, abarcable y seguro, hecho a la medida de la soledad del hombre. Hecho a la medida de siglos de experiencia acumulada. Hecho a la medida del don de sus manos. Hecho por el hombre a su propia medida. El afán que alienta el negocio y el quehacer del hombre, tiene más que ver con aquel primero de su linaje. Algo de romanticismo no falta aquí. De trasnochado romanticismo. Pero romanticismo al cabo. En eso está el hombre. A lo suyo.
Lo difícil son los cálculos. La obtención de los permisos es cosa imposible, lo que implica un mucho de clandestinidad y de esos aires perdidos de corsario. Menos complicada es la obtención de recursos. Los navíos que salen de las manos del hombre apenas miden un palmo escaso. Lo que da la ventaja añadida que el actual astillero, apenas si ocupa una pequeña parte de la caravana con que el hombre se mueve por los caminos de las tierras de hoy. Y a nadie, por muy inspector de recursos arborícolas que sea, le extraña ni le molesta ver que un anciano, dedica sus horas de ocio a construir pequeñas naves de impulsión solar, de maderas artificiales, con muy escasa autonomía y una carga útil insignificante.
Así que hay está el hombre, a lo suyo, con sus pequeños laudes impulsados por velas solares, que hoy navegan las corrientes de aire, en un vuelo en apariencia caprichoso, pero estudiado hasta el más pequeño de los detalles. Las personas se alegran cuando uno de esos pequeños laudes, de vivos colores, hiende el aire con la proa, por encima de sus cabezas. Se han convertido en unos juguetes muy populares. Nadie se fija que, de tanto en tanto, uno de ellos, se aleja un poco y se pierde hasta caer, como por accidente, en una pequeña porción de tierra. Y ahí se queda, como un juguete roto, deshaciéndose hasta que su ínfima carga, enraíza sobre la humedad y descomposición de la suave madera.
Lo más difícil son siempre los cálculos. Cual es la corriente de viento dominante y adonde lleva y acertar con el tipo de semillas adecuado, por ejemplo. Y eso si, siempre, cruzar los dedos para que las pequeñas motitas de color que navegan los cielos, salgan airosas de su empresa, sin sobresaltos, ni tormentas, ni golpes de viento adversos, ni ninguna de las cien mil cosas que pueden surgir en una riesgosa travesía, y arriben, finalmente, a buen puerto. Que es para lo que un carpintero construye siempre sus naves. Para arribar a buen puerto, o al menos a un puerto seguro cualquiera.

El hombre, que conoce bien su oficio, confía en su buen hacer y en que los vientos le sean propicios. Como siempre. A lo suyo.